1. El primer golpe
Si un día alguien me preguntara «¿El fútbol cambió tu vida?», respondería que sí, pero hay algo que me marcó más profundamente. Algo que en su momento no comprendí del todo y que en definitiva me hubiera gustado no vivir, pero que trazó por completo el rumbo de mi historia y me convirtió en el hombre que soy.
Nací en Ocotlán, Jalisco, el 2 de abril de 1980. En el número 203 de la esquina de las calles Ponciano Arriaga y Nicolás Bravo se encontraba la casita donde crecí junto a mis seis hermanos —Sergio, Francisco, Joel, Juan, Erika y Ansoni— y mis padres —María Flores y Pablo Salcido—.
Era una casa de ladrillo, muy pequeña y con lo justo para vivir. No teníamos muchas comodidades, ni siquiera lujos, pero se trataba de un hogar, del escenario de mis vivencias y pensamientos.
Soy el penúltimo de los hermanos; a mí me decían el Negro por ser el más moreno de todos. Siempre fui un buen estudiante, sacaba excelentes calificaciones, y hasta representé a mi escuela en concursos académicos. Y siempre fui muy obediente a las órdenes que recibía constantemente de mi mamá, porque no tenía otra opción.
Ella era una mujer de carácter fuerte y muy estricta con nosotros. Su método de educación era rudo, pero estaba cargado de valores y cariño. Mi papá era un hombre muy chambeador, un rasgo que ha mantenido hasta el día de hoy. Trabajaba en Celanese, cubriendo turnos en la mañana, tarde o noche, según fuera necesario para mantener a la familia.
A pesar de las carencias, podría describir mi infancia como normal, hasta el primer golpe que recibí de la vida. Mi madre, antes llena de vitalidad, comenzaba a caminar menos y a cansarse más. Cada vez que iba al hospital, regresaba más débil.
El 7 de diciembre de 1989, lo recuerdo muy bien, recibimos la noticia más dolorosa de nuestras vidas: nuestra madre había fallecido. No sabía cómo procesar lo que acababa de escuchar; me quedé en shock, mientras mis hermanos reaccionaban de diferentes maneras: unos lloraban, otros gritaban y algunos hasta golpeaban la pared.
Poco a poco fui procesando la magnitud de esa pérdida. Mi madre era el pilar de nuestra familia. Lo más valioso que aprendí a través de ese dolor fue que todos tenemos la capacidad de levantarnos aunque la vida nos golpee. Así me lo demostró mi madre, quien fue una guerrera en todo momento.
Los golpes también forman parte del camino y, aunque parezcan insuperables, nos motivan a convertirnos en personas más fuertes y resilientes. La vida no siempre será justa, pero nuestra actitud puede marcar la diferencia entre estancarnos o sacar las garras para continuar, sin importar nada.
2. No te rindas
Imagínate a dos chavitos de 9 y 11 años caminando sin dirección durante una noche fría, sin nada en la panza, buscando un lugar seguro para dormir después de abandonar su casa porque su papá está muy borracho y es mejor no molestarlo.
Esos chavitos éramos mi hermano Ansoni y yo —los más pequeños de la familia— en los años siguientes a la muerte de mi mamá. Cuando el cansancio nos ganaba, terminábamos en la plaza del pueblo. Nos echábamos en las bancas y yo le decía a Ansoni: «Duérmete un ratito, yo te echo aguas». Y así nos turnábamos para vigilarnos mientras el otro descansaba.
Cuando parecía que lo peor había pasado, la soledad y la presión de las deudas hicieron caer a mi padre en el alcoholismo. Lo raro era que cuando estaba sobrio, seguía siendo el mejor papá. Sin el alcohol, podía reconocer a ese papá que años atrás, cuando jugaba fútbol en la segunda división, me decía «Vente, acompáñame», y me llevaba a sus partidos en bicicleta. Sí, él fue quien me presentó el fútbol.
En esa época, también sufrí bullying en la escuela. Los otros niños se burlaban de mí por no tener mamá. Nuestra realidad era dura, pero no podíamos quedarnos de brazos cruzados: teníamos que buscar la manera de sobrevivir. Siempre nos guiaba la voz firme de mamá: «Una cosa es tener hambre y otra muy distinta es perderse en el vicio».
En ese tiempo, cualquier distracción funcionaba para pasarla un poco mejor. Así fue como mi hermano y yo empezamos a jugar fútbol en la Unidad Deportiva de Ocotlán… Quién hubiera imaginado que, años después, ese lugar tan especial llevaría mi nombre… El fútbol no significaba algo extraordinario para mí; me gustaba, claro, pero lo hacía para escapar de todas mis angustias.
Cuando hice conciencia de mi situación, pude identificar lo que quería conseguir y el gran esfuerzo que conllevaba. Tendría que esforzarme al doble, aguantar lo que fuera necesario y romperla. Rendirme nunca fue una opción.
La adversidad no define nuestro futuro, sino nuestra fuerza interna. Creo que en los momentos más dolorosos descubrimos de qué estamos hechos y lo lejos que podemos llegar con cada paso que demos. No importa si es pequeño, si es hacia adelante siempre cuenta.